jueves, 6 de agosto de 2015

Una casa del tamaño de mi cuarto


Actividad un techo para mi país

Advertencia: El texto a continuación es largo y descriptivo con el propósito de que el lector se pueda poner en mi lugar.

El viernes 24 de julio a las 6 de la tarde llegué a la casa scout en zona 15 para luego salir con todo el grupo que se dirigía a la misma comunidad que yo, Yerbabuena, Palencia. Era la primera vez que participaba en una actividad tipo campamento como esa entonces estaba algo nerviosa, no sabía que tipo de gente iba a participar, cuantos iban a la misma comunidad que yo, cómo iba a ser el lugar en donde pasaríamos la noche y muchas otras dudas atormentaban mi mente en ese momento. Me registre, metí mi maletín en el bus que me indicaron y luego entre al edificio en donde todos los participantes de todas las comunidades se reunirían para recibir una charla informativa impartida por los directores de la organización.

El lugar estaba demasiado lleno y se sentía el calor humano a pesar de que el salón tenía todas las ventanas abiertas. Eventualmente algunas de mis dudas empezaron a responderse como por ejemplo la de qué tipo de gente participaría en la actividad, hombres y mujeres de 17 años para arriba; Algunos con un estilo muy bohemio y hippie, otros algo mas hipster y otros sin ningún estilo en particular. Yo me senté en el piso junto a mis compañeras porque aparte de ellas no conocía a nadie mas. Empezó el primer director a contarnos un poco de qué era techo, cómo había empezado y cuál era su fin. Luego pasó al frente una de las directoras que empezó como voluntaria y luego se fue metiendo mas y mas en el asunto. Dieron las 7:30 de la noche y seguíamos allí, sentados en el piso, escuchando a otro de los directores que nos contaba su experiencia construyendo casas por primera vez. El tiempo se hacía cada vez mas largo y yo ya me había desesperado, ya no quería escuchar a la persona que estaba hablando en ese momento, solo quería subirme al bus e irme de allí y no entendía cuál era la necedad de contar tantas historias y experiencias. A eso de las 9:30 pasó el último líder de voluntarios, nos explicó que debido a que eramos muchos los que íbamos a Yerbabuena necesitaríamos cuatro buses y luego empezó a darles indicaciones a los de las otras comunidades. Nos repitió las reglas por últimas vez y nos deseó suerte a todos y justo antes de que nos levantáramos para dirigirnos a los buses nos dijo: Les prometo que no se van a arrepentir, no les puedo explicar con ejemplos como se van a sentir después pero es algo que no cambiaría por nada. No pensé muy profundamente en ese momento a que se refería, solo quería levantarme al igual que los demás y subirme al bus.

Ya en el bus no había mucho espacio por lo que yo y otras dos compañeras nos tuvimos que sentar en un asiento apretujadas. Platicamos un rato en el camino y después nos pusimos audífonos para escuchar música. No se si eran los nervios o el hambre o el dolor de las piernas que ya estaban entumecidas, pero ninguna de las tres nos lográbamos dormir entonces nos pusimos a platicar de cualquier tema que se nos pudiera ocurrir. Se nos acabaron los temas profundos, tristes, cómicos, académicos, rumores, graduación, amor y cualquier otra infinidad de cosas de las que se pueden hablar y todavía no habíamos llegado. Era un camino en subida, cada vez más lento y sin mucha iluminación a falta de postes de luz. Teníamos hambre, sueño y desesperación y yo solo pensaba en que necesitaba estirar mis piernas. Dieron las 11:30 y por fin llegamos a la escuela en la que nos íbamos a quedar. Nos bajamos, ayudamos a bajar las maletas de todos luego nos tocó buscar nuestras maletas y ponerlas afuera de la clase en la que nos íbamos a quedar. Después ayudamos a bajar de los buses todos los víveres para nuestra comida de ese fin de semana. Cuando ya habíamos terminado todo esto, abrieron las clases para que pudiéramos entrar nuestras pertenencias y luego había cena compartida, cada quien llevó algo para compartir. Después de cenar a eso de la una de la mañana ya nos podíamos dormir.

Yo estaba muy cansada y lo único que quería era meterme en mi sleeping bag y dormir. Había logrado conciliar el sueño cuando de pronto alguien empezó a roncar a un volumen exageradamente alto. Me quedé despierta esperando a que alguien se dignara a callar a esta persona, yo lo habría hecho pero estaba lejos y me podía parar en alguien si intentaba ir a callarla. Luego de dos horas sentada en mi sleeping bag, la persona decidió dejar de roncar y por fin pude recostarme de nuevo para intentar dormir. Cerré los ojos y caí profundamente dormida.

Escuché golpes en la puerta y una voz que decía: bueno mucha! ya es hora levántense. Sentí que no había dormido nada entonces vi la hora en mi teléfono y en ese momento me dieron ganas de ahorcar a la persona que me había levantado. 5:00 am y ya nos estaban levantando después de esa noche tan insoportable que había tenido. Me levanté sin ganas y sin ánimos, me puse la ropa que había llevado para trabajar y me desayune una barrita que había llevado de mi casa. Me lave los dientes, me recogí el pelo en una cola y luego nos reunimos todos. Se eligieron al azar a los miembros de las cuadrillas que son los equipos de construcción y luego se nos explicó un poco de la situación de la familia a la que íbamos a ayudar. A las 7:00 am ya estábamos caminando montaña arriba para llegar a la casa de Don Valerio. Cuando llegamos, ya nos estaba esperando el señor en la entrada. Se le miraba una alegría y emoción de que nosotros estuviéramos allí, nos recibió con una gran sonrisa nos invitó a pasar y en seguida nos presentó a su esposa y a sus 5 hijos, 4 niños pequeños y una adolescente. Me llamó la atención ver que la casa en la que vivían constaba de un cuarto, el comedor al aire libre y una pequeña cocina. Siete personas dormían en un cuarto con dos colchones.

Don Valerio nos mostró el área en donde se construiría la casa y luego empezamos a tomar medidas. Nuestro terreno era difícil porque debido a que estaba en un barranco tuvimos que nivelar los pilotes (los troncos de madera que sostienen la casa). Cavamos 12 hoyos de un metro y algunos mas profundos sin ninguna ayuda de maquinas eléctricas. Cortamos madera con una "cola de zorro" que es como una sierra muchísimo menos filosa. Aseguramos los pilotes con piedras y tierra y si alguno quedaba mal nivelado teníamos que sacar el pilote y volver a abrir el hoyo de un metro o más ahora con las piedras como obstáculo. Cargamos paneles que son las paredes de la casa. Cargamos el piso de la casa. Mientras más pasaba el tiempo más me preguntaba, ¿Qué hago aquí? ¿CAS vale este sufrimiento? Nunca había construido una casa, no sabía el esfuerzo que requiere. Me gusta ayudar pero nunca me había sacrificado tanto y esforzado tanto por alguien mas. Mi cuerpo ya no daba más y cuando pregunté la hora a mi líder de cuadrilla eran apenas las doce de medio día. La esposa de Don Valerio nos llamó a almorzar y yo, que me considero una persona melindrosa, solo pensaba en cómo le iba a hacer para no comerme algunas cosas si no me gustaban. Nos sentamos en la mesa, nos sirvieron una especie de espagueti con verduras y pollo y no se miraba muy agradable. Don Valerio se sentó con nosotros a almorzar y nos dice: Bueno, coman! Y yo solo rezaba para que me lo pudiera acabar sin pensarlo mucho. Mientras comíamos me distraje un poco y me fijé que en la pared habían varios dibujos y tareas calificadas de los niños pequeños entonces asumí que si asistían a la escuela. Entre esos dibujos hubo uno en particular que me llamó la atención y me tocó el corazón, era una casa con 7 personitas dibujadas adentro. El niño de 6 años me vio admirando su trabajo y solo se acercó a mi y me dijo con una gran sonrisa: Así va a ser mi casa, la que tu me vas a dar. Yo le sonreí de regreso y en ese momento entendí porque estaba allí. Ya no era CAS mi razón de estar allí, era el querer darle a este niño y a su familia la oportunidad de vivir más establemente.

La casa que construimos era mas pequeña que el modelo original por la falta de espacio en el terreno. Esa casa mide lo mismo que mi cuarto si descontamos el baño. La familia estaba tan agradecida con nosotros por darles una casa que, aunque no mucho más grande que la que ya tienen, es más estable y les permite vivir en mejores condiciones bajo un techo seguro. Yo y muchos otros Guatemaltecos tenemos un techo, comida, la oportunidad de estudiar, transporte, trabajo y más cosas que nos permiten vivir cómodamente y aún así nos quejamos, desperdiciamos, queremos más. Trabajé duro y llegué a dormir a un sleeping bag en el piso incómodo por dos días y ya no aguantaba y eso que yo viví dos días es el día a día de la mayor parte de la población guatemalteca. Entendí que ayudar no es dar lo que yo puedo dar. Ayudar es salir de nuestra zona de confort para dar más de lo que tengo, es dejar de pensar en uno mismo. Logré entender a lo que se refería el último líder de voluntarios cuando dijo que no nos íbamos a arrepentir porque la satisfacción de ayudar verdaderamente a alguien es más que cualquier otra cosa que te puedan dar a cambio.










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